Ve a su hijo:
un muchacho, en la calle, con otros.
Tiene las mangas de la camisa arremangadas,
el pelo revuelto.
En el mediodía de calor
él no la ve y es otro;
no lejano, tampoco cercano,
otro. Ella lo mira
hasta que la escena
–por un instante detenida–
sale del cuadro;
él la saluda con la mano
y pronto
vuelven los dos a ser
quienes eran, quienes son,
desde el principio,
en esa certeza
por un momento
corrida de lugar.


(De La envoltura, libro inédito)
Raquel Sinelli / Puertas adentro